21 de septiembre de 2016

A Veces sin ti | Manuel Castillo

A Veces Sin Ti

Manuel Castillo
Poema ganador del primer lugar en el renglón de estudiantes
Certamen Literario UNIBE 2016



A veces sin ti
Quisiera alterar los esquemas y volverme deseo del fulgor infantil
Convertirme en la sonrisa indómita tras la razón que te quema y te hace sufrir
Con mis culpas y mis penas
Encerradas en mi equipaje
Emprender un viaje por el trazo de tus venas

Es mi final tu comienzo
Como un ocaso enamorado del horizonte
En busca de que mi presente exorcice
Los demonios de mi pasado
Desmembrare mi todo y pondré las partes en un poema
Lo colocare sobre tu grandeza
Sobre las altas cumbres de lo mundano
Y volare todas las noches en nuestros sueños de enamorado

Bordare un pañuelo de eternidad
Y así les daré cobijo a mis tristezas cristalizadas
Si te adentras en este mar de lágrimas
Veras embarcaciones impulsadas por tu olvido
Luchando contra los recuerdos de lo vivido

Me desangrare en otro cuerpo si es por vivir
Ya que mis lágrimas son la presencia

De tu ausencia en mí.

19 de septiembre de 2016

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Tus Labios | José Muñoz Montero

TUS LABIOS





Son como pétalos de rosas... 
Son tan bellos como el clavel 
que se posa en mi boca. 

Son tan dulces como la dorada miel... 
Desde el día en que ellos me tocan 
me han endulzado la piel.

Los probé y siento raras las cosas... 
Fue sobre un cómodo escabel 
que robé el néctar de tu boca. 

Dibujan tu sonrisa en mi piel, 
me quitan el frío que me añora 
y despacio satisfacen mi sed. 

Son poesías con palabras rotas... 
Es la armonía que en mí ser 
vaga alegre y sola. 

Son aromáticos como el verde laurel... 
Es un exquisito licor que mojan 
mis anhelos y mi fe. 

Son como la sangre, roja. 
Ellos se pasean al desdén 
cuando el viento del suspiro sopla. 

Si por tanta lujuria merezco una muerte cruel, 
me muero, pero en tu boca 
tan dulce como la miel... 

José Muñoz Montero
Profesor de Química| Departamento de Estudios Generales

14 de septiembre de 2016

El bambú japonés



No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego. También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada, y grita con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita sea!

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú y que lo transforma en no apto para impacientes:

Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas en crecer?

No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.

Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años…”.

Tú que inicias la universidad, estarás cuatro o cinco años creciendo hacia dentro, estudiando y aprendiendo, para después crecer hacia afuera, trabajar y servir a la sociedad como profesional.

Si no te desesperas y persistes, inevitablemente llegarás. El éxito espera por ti.

Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirán sostener el éxito cuando éste al fin se materialice.

En la universidad tendrás que aprender nuevos hábitos descartar otros. Este es un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.

Tiempo, date tiempo, cuatro años, cinco años y te estarás graduando.

No perdamos la fe cuando los resultados no se den en el plazo que esperábamos, No abandones tus sueños.

Mientras estés en la universidad estarás echando raíces, estás creciendo hacia dentro no desesperes, ya tendrás tiempo de crecer hacia afuera.




10 de septiembre de 2016

Asignatura Pendiente | Moisés Santana Castro





Asignatura Pendiente
Moisés Santana Castro

Ganador Mención de Honor, Feria Internacional del Libro 2011, Santo Domingo.

Seleccionado para la "Antología de relatos Hispanoamericanos" de Latin Heritage Fundation (2011) 

Desperté sobresaltado, creí que me asfixiaba, me hallaba empapado de sudor. Me senté de golpe en la cama y vi que Marilyn, mi esposa, se movió a mi lado, profundamente dormida. Deduzco que, en realidad, mi sobresalto no fue tan brusco. Salí de la cama y fui hasta la cocina.

Desde el sofá de la sala, con un vaso de agua a medias, me remonté al maldito sueño incomprensible de hacía unos minutos, el mismo que había tenido todos los días de esta semana y creo que también de la anterior:

Cinco rostros infantiles que he ido recordando con alguna dificultad. Luís (todos le decíamos Luisito, sin imaginar que crecería y dejaría de servirle ese diminutivo), que vivía a dos casas de la mía; David, de mi misma edad, y Jimmy, su hermano dos años menor, que vivían al final de la calle; Sergio, hijo de esa vieja aburrida de la esquina, de quien no he podido recordar el nombre, y hermano de Lisa, varios años mayor que yo y motivo de mis suspiros prepuberales. Eso nunca se lo dije a nadie. Ah, el quinto era yo, y en mi sueño lograba verme como de lejos, en una escena completa y en cámara lenta. 

Estábamos en un sitio húmedo, escabroso, con esa oscuridad pastosa y misteriosa de un pantano a plena luz del día. Formábamos un círculo. En el centro había algo que todos mirábamos con rostro inexpresivo, o tal vez más bien de un susto sostenido, reprimido; de shock. En mi sueño se iba ampliando esa escena con cada noche que lo vivenciaba: al principio eran sólo rostros que no reconocía, luego se hizo de día y reconocí el lugar; entonces identifiqué el grupo. Pero hasta el sueño de esta noche, nadie hacía nada. Sólo miraban algo en el suelo, en el centro del círculo que formaban. Esta noche pude ver lo que ellos –nosotros- veíamos, y lo identifiqué con nombre y apellido…

Era sábado. A las ocho de la mañana, sin haber dormido más desde las tres, llamé a mi jefe a la oficina y le pedí el día libre. No le expliqué a Marilyn porqué mi repentina salida de casa a tan tempranas horas, y llegué al pueblo donde nací, al que no visitaba desde hacía 15 años, antes del medio día. 

Estaba tan cambiado como yo. Las casas, las calles, el parque... Pero mi calle seguía igual: los mismos colores en las casas, los mismos hoyos indeseables, la misma música en el colmado de Bienvenido. Era como si el tiempo se hubiera congelado. 

Me estacioné frente al parque principal y preferí caminar. El primero en reconocerme fue el hermano de Luís, que salió de debajo de un carro en reparación. Con las manos engrasadas me saludó como pudo, preguntó por toda mi familia con una memoria que me llenó de sorpresa y repasó con la misma algunas escenas de aquellos días. Me dijo que Luís ya no vivía en el pueblo. Viajó a España. Sergio y Jimmy sí estaban allí todavía y fui a verlos. 

Con Jimmy hablé de muchas trivialidades: no se había casado, trabajaba en la ciudad en una tienda, tenía amores con July, la niña linda de la otra calle, su madre había muerto, entraría a la universidad el año próximo... Yo hice el mismo recorrido por mi vida. Se acabaron los temas. 

-Jimmy, ¿qué fue lo que pasó una tarde en la laguna, detrás de...?

Interrumpió mi pregunta de forma casi grotesca, con una sonrisa que me dio la impresión de que no cabía en el tema. Me dijo:

-Esa laguna se secó hace tiempo... Ahora hay un residencial allí. ¿Tú te acuerdas de Yani? Ella se casó y vive en un apartamento de esos...

Silencio. Yo lo miré a los ojos y él bajó la cabeza.

-¿Tú te acuerdas de eso...? -dijo al rato.

-No por completo. He soñado últimamente... ¿De qué debo acordarme?

Puso cara de no comprender mi pregunta.

-De Diego... 

Diego. Diego José Jiménez. Tenía seis años cuando llegó al pueblo y once cuando lo dejó... Yo le llevaba sólo algunos meses, pero él siempre pareció el mayor del grupo. Sabía tantas cosas, conocía tantos lugares, tantos juegos sofisticados, tantas palabras que no nos atrevíamos a repetir… Por eso lo buscábamos y lo invitábamos a nuestros sitios favoritos. Pero también por eso lo odiábamos. Su porte de chico de ciudad nos confirmaba de manera grosera nuestra limitada visión de muchachos de pueblo. Que yo recuerde, nunca mencionamos nada al respecto, ni siquiera entre nosotros, cuando Diego era el tema de conversación. Pero sabíamos que a todos nos molestaba su presencia. 

Por eso, cuando Luis y David mencionaron lo de ir a la laguna aquella tarde, no había nada planeado, más que los juegos de siempre (sin el permiso de nuestros padres, que suponían que estábamos jugando Nintendo en casa de Sergio). 

Diego José. Al recordar su nombre, todos los recuerdos de aquella tarde se me amontonaron de golpe: 

Llegamos a la laguna y jugamos con las cosas de siempre. En un momento de pausa, Luis habló de lo difícil que era saltar al agua desde aquel árbol enorme de la otra orilla. Era de mango, grueso, con pocas hojas en aquella época. El reto estaba en saltar desde una rama que colgaba justo encima de donde la laguna se hacía más profunda. Al mencionarlo, fuimos respondiendo como se esperaba: 

-Yo lo hago -dijo Sergio, haciendo una mueca de experto completamente fingida.

-Yo lo he hecho, acuérdate -dije yo.

-Y yo, hace como un mes -dijo también David.

-Eso no es nada, yo me tiro de más alto -mintió Jimmy.

Yo, cruel, me burlé:

-Tú te meas si te ves ahí arriba. 

Él me miró amenazante y los demás rieron con burla. 

Diego se puso de pie y, con su seguridad de siempre, dijo: "Yo lo voy a hacer"; y antes que respondiéramos, ya empezaba su última demostración de superioridad, la hazaña que nunca terminaría… 

Pobre Diego. Creo que aquellos minutos, o tal vez horas o segundos, que vivimos desde aquel 'yo lo voy a hacer', es el momento que jamás recordaré. Podrían hacerme un vaciado de memoria, y no encontrarían allí aquellos recuerdos. 

Lo que aparece en mi mente es esa escena del sueño…  Somos cinco: Luis, David, Jimmy, Sergio y yo. Formábamos un círculo. Mirábamos algo en el suelo. Veíamos el cuerpo sin vida de Diego José… Eso era lo que veíamos. Había en el ambiente un aire de culpa por lo que pasó. Lo sabíamos. Aquella tarde queríamos provocar el ego inevitable de Diego y eso fue lo que logramos. Todos cargamos en silencio con la culpa, pero pretendimos desde entonces que nunca sucedió. Incluso, yo creí que lo había olvidado todo hasta ahora, que mis sueños me lo devuelven incompleto. 

-Fue difícil para todos nosotros -me dijo Jimmy después de un largo rato de silencio, que dio permiso a mis recuerdos-. Pero perdón que lo diga: para ti no fue tan terrible como para nosotros. Tú te fuiste del pueblo, así de simple; nosotros tuvimos que soportar aquí. A mí cada rincón me olía a Diego, todo tenía ese olor a lodo y a crimen. Vuelve a tu casa, Aníbal, y trágate tus malditos sueños…

Yo no le respondí nada, pero comprendí lo egoísta que podía parecer al regresar ahora y remover en ellos la vieja culpa compartida de un crimen, envuelto en aquel silencio de complicidad repartida que debía quedarse así… 

Salí de casa de Jimmy y del pueblo, y no me despedí de nadie. Fui a casa y lloré frente a mi mujer sin darle ninguna explicación. Creo que aun es para ella un misterio la razón de aquella crisis. 

Después de ese día, no volví a tener sueños. Así de simple. Pero viví algún tiempo más de letargo y de duelo. 

Dos semanas después, recibí una llamada de larga distancia en mi trabajo. 

"¿Aníbal…?", me dijo la voz al otro lado del teléfono. Dije "¿Sí?". El siguió:

"Es Luisito, tu vecino de cuando vivías en el pueblo... ¿Estás ocupado?".

Le saludé extrañado y respondí que no. Entonces me dijo:

"Supe que estuviste en el pueblo. Supe de tus sueños y te entiendo, Aníbal. Lo que hicimos fue terrible; yo he necesitado ayuda…".

Se me saltaron las lágrimas y tuve que cerrar la puerta de mi oficina.

"Pero fue un accidente, Aníbal, él no debía morir; no queríamos eso…", me dijo.

Yo le interrumpí, un poco subido de tono: "¡Lo hicimos a propósito! Lo provocamos con crueldad, Luis. ¡Sabíamos lo que iba a pasar!".

"¡No! -me dijo-. Nosotros lo planeamos. Habíamos hablado de ello sin ti, pero esa no era la idea. Él no era la víctima. Los cuatro estuvimos de acuerdo en que mi reto te provocaría a ti, Aníbal… Perdónanos. Ya hemos masticado todos estos años lo amargo de nuestra culpa. No preguntes más…"

La llamada se cortó o Luis colgó…, no importaba. Igual, yo me sentí desolado. Así que, voluntariamente, empecé por olvidar la llamada, los muchachos, el pueblo… y todo mi pasado. Cerré el círculo interminable; cumplí mi asignatura pendiente.


Moisés Santana Castro es colaborador docente en la Universidad Iberoamericana en el área de ciclo general y psicología, asi tambien lo hace en el Instituto Tecnico Superior Comunitario(ITSC).

7 de septiembre de 2016

La Casa Imperfecta




Un maestro de construcción ya entrado en años estaba listo para retirarse a disfrutar su pensión de jubilación. Le contó a su jefe acerca de sus planes de dejar el trabajo para llevar una vida más placentera con su esposa y su familia. Iba a extrañar su salario mensual, pero necesitaba retirarse; ya se las arreglaría de alguna manera.

La conclusión es que debemos pensar como si estuviésemos construyendo nuestra casa. Cada día clavamos un clavo, levantamos una pared o edificamos un techo. Construir con sabiduría es la única regla que podemos reforzar en nuestra existencia. Inclusive si la vivimos sólo por un día, ese día merece ser vivido con gracia y dignidad.

La vida es como un proyecto de hágalo-usted-mismo. Su vida, ahora, es el resultado de sus actitudes y elecciones del pasado. ¡Su vida de mañana será el resultado de sus actitudes y elecciones de hoy!


El jefe se dio cuenta de que era inevitable que su buen empleado dejara la compañía y le pidió, como favor personal, que hiciera el último esfuerzo: construir una casa más. El hombre accedió y comenzó su trabajo, pero se veía a las claras que no estaba poniendo el corazón en lo que hacía. Utilizaba materiales de inferior calidad, y su trabajo, lo mismo que el de sus ayudantes, era deficiente. Era una infortunada manera de poner punto final a su carrera.

Cuando el albañil terminó el trabajo, el jefe fue a inspeccionar la casa y le extendió las llaves de la puerta principal. "Esta es tu casa, querido amigo -dijo-. Es un regalo para ti".

Si el albañil hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, seguramente la hubiera hecho totalmente diferente. ¡Ahora tendría que vivir en la casa imperfecta que había construido!

Construimos nuestras vidas de manera distraída, reaccionando cuando deberíamos actuar, y sin poner en esa actuación lo mejor de nosotros. Muchas veces, ni siquiera hacemos nuestro mejor esfuerzo en el trabajo. Entonces de repente vemos la situación que hemos creado y descubrimos que estamos viviendo en la casa que hemos construido. Si lo hubiéramos sabido antes, la habríamos hecho diferente.
Extraído del libro "La culpa es de la vaca"

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